Volar un papalote

Todo mundo en algun momento de su vida debería volar un papalote. Hay algo en los afanes para ponerlo en el aire, y luego en tenerlo ahi, pendiente de un hilo, una casi milagrosa suspensión de la ley de gravedad, hay algo en eso que es mágico.

Hoy fuimos a el deportivo Cuemanco a volar papalotes, con Marcela, Javier y Luz de Luna. Hizo uno de esos días perfectos, desde que llegamos a comprar nochebuenas, pasando por el cielo sin nubes, Juanito vacilando, la tranquilidad dominguera y los tres papalotes en el aire, hasta el Iztaccihuatl despidiéndose con una luz roja de los últimos rayos del sol en la tarde.

Y aqui estoy, cansado pero de esos cansancios ricos, despues del baño, pensando que volar papalotes es algo que se te mete en la piel y que conjuga tantas metáforas. Viento, aire libre, actividad individual, actividad social, volar, reir…

Se que quienes me lean hayan volado papalotes alguna vez lo comprenderán. Y si no han volado un papalote, pónganse en contacto conmigo y lo remediamos. Yo puedo ayudarles, ser su guía, estaré gustoso de engancharlos. Es un vicio del cual no hay suficientes adictos aún.

Nos leemos

Cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños. Mi mejor regalo que jamás me han dado fue que mi hijo se reia con mi nueva sirena, en la mañana, en mi cama. Que poco se necesita para ser feliz, a veces.
Nos leemos

Brecha generacional

Hoy leia en Salon un artículo titulado Rock’n’roll rebellion, redux donde la autora se maravilla de cómo, estando en un concierto de Green Day con su esposo y su hijo de 13 años, tengan un terreno cultural común, el rock’n’roll, específicamente el punk rock, que les permite comunicarse. Habla de que sus padres tenían alrededor de 20 años cuando la tuvieron a ella, mientras que ella estaba a mediados de sus 30 cuando tuvo a su hijo. Habla de haber sentido la brecha generacional fuertemente cuando a la edad de 14 años fue a un concierto de los Rolling Stones que se retrasó y que cuando le habló a su padre para explicarle que iba a salir en la madrugada del concierto el padre le gritó.

Ayer estuve en el dentista, es un dentista «nuevo» que me cayó muy bien, por un lado necesitaba dentista porque la dentista de toda la vida está en Toluca y no es cómodo ir hasta allá (ella es prácticamente la unica dentista que he tenido en 20 años o más de necesitar dentista). Este Señor, el Dr. Otero, es de la generación del 68, es decir, la generación que siguió a la de mi padre. Simpatico, Universitario, con esa personalidad relajada de los integrantes de esa generación. Una de las cosas que me calman cuando me hace los dientes es que tiene prendido el radio en «Radio Universal» ya saben, exitos de los años 60s y 70s. Como si me convenció el trabajo de este señor, se lo recomendé a mi padre, que fue conmigo ayer. Es increible que entre el dentista y yo la «brecha generacional» sea más bien una anécdota temporal, en tanto que entre mi padre y él sea algo tangible. Lo notabas en la diferencia de opiniones, la diferencia de enfoques en la pequeña plática entre las opiniones profesionales sobre lo que había que hacer con sus dientes y etc.

Yo he sentido esa sensación de brecha entre mi padre (que me tuvo a mi y a mis hermanas cuando tenía veintitantos) muchas veces en mi vida. No tengo muchos recuerdos de ello, pero dicen que cuando era pequeño idolotraba a mi padre. De lo que si tengo recuerdos es de mi padre criticando mis gustos en música, en vestir, en lecturas o pinturas. Y recuerdo que eso normalmente me motivaba a hacer las cosas. A hacer las cosas que le contrariaban. Era una especie de anti-apoyo: si a mi padre no le parecía, entonces estaba bien hacerlo. Sí recuerdo vívidamente las muchas veces que hemos discutido de política, o las muchas veces que hemos colisionado porque nuestras visiones del mundo y del deber ser son opuestas. Para cualquier observador superficial mi padre y yo jalamos para lugares diferentes y no tenemos paciencia uno con el otro. Un observador superficial incluso podría decir que no nos respetamos.

Lo cierto es que si algo tengo que reconocerle a mi padre es que siempre ha respetado lo que hago. En su explosiva, agresiva forma de hacerlo, pero siempre ha tenido amor y respeto. Mis hermanas y yo decimos que el es «cariñudo», término que designa perfectamente su carácter simultaneamente cariñoso y gruñón. Y yo a él lo respeto profundamente, en cada día que comprendo un poco más los sacrificios y dolores que se tienen que sufrir por los hijos. El hecho de que muchas veces acabe luchando con él no implica que no lo respete, quizás precisamente por ser tan buen oponente.

Y ahora aquí está Juan. Tengo 35 años, tenía 34 cuando Juan nació, y en menos de un suspiro seremos un padre de cuarentaitantos con su hijo adolescente. ¿Se habrá disuelto la brecha generacional? ¿tendremos un campo común en el cual fluya la comunicación?

¿Le gustará el Rock?

Solo el tiempo dirá.

Nos leemos

Nostalgias

Hoy me levanté con nostalgia de Cuenca. Habrá sido algo en el rutinario ronroneo de la pesera mientras salía le sol y la luna aun no desaparecía del horizonte, algo en el aire húmedo de las faldas del Ajusco, en el frio en las mejillas y en la apariencia soñolienta de las gentes, algo que se combinó y jaló el gatillo y que me transportó mentalmente a las frias mañanas entre los andes, cuando el sol le pega al Cajas por debajo de las nubes y todo se pinta de bermellón, y el aroma del pan sube desde cien hornos en toda la ciudad y el ruido es más bien un arrullo y mi cuerpo se siente bien de estar ahi entre las montañas y la lluvia y la gente.

Para dorar la píldora, mi sensación de las mañanas en Cuenca siempre está sazonada con una pizca de nostalgia de la Ciudad de México.

Asi que hoy me levante con Nostalgia de Cuenca incluyendo nostalgia por la nostalgia que siento por el DF cuando estoy en Cuenca.

Ni yo me entiendo, a veces.

Nos leemos